Cambia, todo cambia.

Cambia, todo cambia.

Casi 12 años atrás, en esas mismas gradas del estadio nacional de Santiago de Chile, un grupo de ecuatorianos celebramos orgullosos la primera clasificación de Ecuador a la, toda la vida anhelada, Copa Mundial de Fútbol. Si bien es cierto a tierras araucanas llegamos con la clasificación en el bolsillo, tras el empate ante Uruguay en Quito, cuando adquirimos el paquete para acompañar a nuestra selección, todavía era incierto el futuro tricolor y todo apuntaba al sur como el destino final de un sueño que había empezado en los corazones de nuestros abuelos y que por décadas se convirtió, por el contrario, en una auténtica pesadilla.

La delegación ecuatoriana, como fue costumbre en aquella eliminatoria hacia Japón-Corea 2002, fue numerosa. En nuestro grupo, conformado por amigos y familiares, sumamos 14, algo más de los 8 que nos atrevimos a hacer lo propio al Perú.  Tras la experiencia vivida en tierra Inca, en donde por momentos la pasamos mal en el Monumental de la U,  no dudamos ni por un segundo seguir nuestras andanzas, esta vez más al sur. La ilusión era enorme; romper una historia de fracasos; creer que si era posible, pudo más que el temor natural de ir al estadio en un partido de eliminatoria sudamericana, la más brava de todas.

En honor a la verdad el hecho de llegar clasificados y los chilenos eliminados, hizo que nuestra estancia en la tierra del buen vino sea muy agradable. Fuimos recibidos, mayoritariamente, por un pueblo chileno amable y hasta cierto punto consecuente con la alegría ecuatoriana, después de todo era nuestra primera vez y en el mundial íbamos a representar no sólo nuestros colores, sinó a toda América Latina. Fueron cuatro días inolvidables, culminados con un empate a cero goles ante el local, que permitió completar la fiesta armada por esos cientos con camiseta amarilla.   La historia se repetiría para el siguiente mundial, casi bajo las mismas circunstancias: Ecuador ya clasificado; la única diferencia, quizás, era que ésta era nuestra segunda clasificación y aunque la alegría era similar, ya no supo igual.

Y así de “fácil”, tras estar presente en dos citas ecuménicas futboleras, el sentimiento de derrotismo, de incapacidad, de desengaños acumulados por “siempre” quedó en el olvido. Si en este lapso sumamos los campeonatos continentales conseguidos por LDU, en Ecuador se formó una nueva generación de ecuatorianos que crecen convencidos de que SI es posible conseguir los objetivos trazados, al menos en el deporte. Una generación que ya no se conforma con resultados menores o con “jugar como nunca y perder como siempre”. Una generación en donde el sumiso “si se puede” se transformó en un grito de batalla. Una generación de ganadores.  Por esta razón la eliminación del mundial pasado afectó y desilusionó. No alcanzaron las explicaciones de que los otros habían recuperado y/o mejorado su nivel. No, en Ecuador ya no estábamos dispuestos a vestir otros colores en el mundial, sino era nuestro equipo ya no tenía sentido vivir un mundial, aún cuando muchos de nosotros todavía guardábamos en el closet esas “gloriosas” celestes, verde-amarelas, azules, etc.

Pero llegó la revancha y este equipo tricolor se volvió fuerte nuevamente, en especial de local. Ecuador hizo de Quito un bastión del cual, únicamente Argentina salió ileso y pudo rescatar un punto. Todos los que pasaron por el Atahualpa tuvieron que sufrir una selección intratable, fuerte, poderosa. Quedó a deber el equipo de Rueda en calidad de visita, aunque francamente cumplió algunas presentaciones que merecieron mejor suerte en el exterior. Lo cierto es que, con 25 puntos a su haber, los tricolores armaron nuevamente viaje al sur; esta vez no llegaban clasificados (aunque los festejos de la victoria ante Uruguay así lo hicieran creer), esta vez tenían que sellar su pasaporte a Brasil en el césped del Nacional chileno y, a su vez, tener oídos en lo que sucedía al oeste de la cordillera en donde charrúas y ches disputaban un clásico de la Plata un tanto disparejo (Argentina puso suplentes).

Los primeros minutos no fueron de buen augurio para el equipo de Rueda. Mientras Chile arreciaba, Uruguay se ponía en ventaja. Ecuador fue mejorando, sobre todo en ánimo al enterarse de que Maxi Rodriguez se resistía a ver a su selección caer en Montevideo. Sobre el final de la primera etapa, Alexis Sanchez puso drama en los rostros tricolores. 2-0 en Santiago y a sufrir. Para el segundo tiempo, los chilenos bajaron las revoluciones, aunque siguieron siendo peligrosos. Promediando la etapa, una gran corrida de Valencia permitió a Caicedo descontar en el marcador. Aunque Cavani había puesto la tercera para la celeste, ya nada mas cambió. Uruguay armaba maletas a Jordania, mientras los de rojo celebraban su clasificación; lo propio para ecuatorianos, que aunque derrotados, se sumaban al selecto grupo de naciones que armarán la fiesta en tierras brasileñas el próximo año.

Ecuador nuevamente en la élite del fútbol mundial. ¡Como siempre ha sido!, pensarán los menores de 20. ¡Como siempre debió ser!, dirán los mayores de 60.  Y es que, aunque nos alegramos junto a los 14 millones de ecuatorianos, no termina de sentirse como aquella primera vez. Será que ésta es la tercera, será que estamos lejanos, será que ya no nos conformamos sólo con llegar, o será como cuando cantaba la querida Violeta Parra:

“Y lo que cambió ayer
tendrá que cambiar mañana,
así como cambio yo
en esta tierra lejana”

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