Viejo, mi querido viejo.

Viejo, mi querido viejo.

Aunque ahora ya camines lerdo, el inexorable paso de los años después de todo no pudo impedir que dejaras marcada tu huella en nosotros, tus hijos. De los innumerables ejemplos de vida que con tu forma de ser forjaste en los tuyos, como no agradecerte esa pasión futbolera que quedo sembrada para siempre en nuestros corazones, en nuestra forma de vida.

No había ni siquiera nacido y ya corría por mis venas ese amor por el deporte rey. No cumplía ni un mes y ya era parte de las interminables tripletas en el “viejo” Atahualpa. Siempre junto a tí, tu compañero infaltable, el pequeño “Bataini” como me conocían tus amigos. Seguramente se preguntaran los liguistas: ¿Porque Bataini, un símbolo de los chullas? Y es que el único defecto que le conozco a mi padre es ser hincha del Quito.

Pero, a diferencia de lo que pasaría en mi caso, en donde la democracia quedaría solo para la clase de cívica, mis hijos no tienen la misma “libertad” que mi padre nos regaló a cuatro de los suyos. Solo uno, ese que desde el cielo nos cuida, lo respaldó. Claro esta que mi madre tampoco colaboró declarándose liguista junto a sus hijos dejando de lado su cariño por el recordado America.

Pese a todo, para mi padre quedaba claro que una cosa era respetar la decisión de sus hijos y otra, muy diferente, dejarlos escoger cualquier rival. Sino era el Quito podía ser “cualquiera” menos el Aucas, la Católica, El Nacional y ni hablar de los “monos”, eso jamás. En mi casa siempre quedó claro que cuando no jugaban los nuestros, siempre íbamos en contra de amarillos y azules. Una ley muy fácil de seguir.

Y es que pese a ese mal gusto azulgrana, mi padre siempre tuvo más que un cariño especial por la Universidad Central. Después de todo, el graduarse en sus aulas como el mejor egresado tatuó a pulso una U en su corazón. Su amistad con la familia del Dr. Bolivar León, primer presidente de la U, aún justifica su gusto por la camiseta. Creanlo o no, fue el mas molesto con la derrota azucena el miércoles pasado. Cosas del viejo. Se quedó con las ganas de gritar un gol de Barcos.

Todas las campañas que vivimos, todas las canchas donde los seguimos, tantos campeonatos levantados, no hicieron mas que unirnos aun mas en ese camino de la vida. Como todo hijo, tuve que esperar a tener los míos y a aprender a vivir alejado de el para entender y valorar aun mas todo el amor que me brindo, y que gracias a Dios lo sigue haciendo.

Cuanto recuerdo aquellas interminables tardes después del fútbol, las broncas y reclamos de mi madre. El infaltable, “estas igualito a tu padre”, como que si eso signifacara un llamado de atención. El seguir nuestras andanzas en tierras gringas, jugandonos la vida de bar en bar, cuando todavía no se encontraba señal internacional de los canales ecuatorianos, para ver “nuestro fútbol”, cansados de los odiosos pinches.

Enemigo declarado de la selección por sus malos manejos administrativos, tuvimos la dicha de ver juntos por primera vez a nuestro país en un mundial. Nada importaban las madrugadas, ni las distancias. La misma dicha de verle a la Liga en lo mas alto del fútbol mundial, jugando el mundial de clubes en Japón.

Y llegó la final de America. Habíamos esperado toda la vida por ver a la U en lo mas alto del continente. Las dos finales fracasadas por los amarillos eran una cruz que había que quitarse ganando una. Gritamos como locos los cuatro goles de la primera final y quedamos listos, a la espera del partido de vuelta, lo mismo que otros tantos millones en Ecuador. Seria una semana de angustia, de tensión.

La alegría, la pasión, la ilusión por ver a Liga Campeón de America, ese deseo contenido por toda una vida, súbitamente se convirtió en angustia, en temor. Problemas en ese ingrato músculo que mantiene la vida y alimenta la pasión obligaron a una operación a corazón abierto del autor de mis días. La fecha prevista: 2 de julio del 2008. Toda la vida esperando por ese día, y de pronto ya no querer que llegue. Difícil explicar.

Cada jugada de gol, cada penal atajado por Cevallos, fueron una combinación de algarabía y contención. El final, la vuelta olímpica en el Maracaná no estuvo completa hasta que no pudimos contactarnos con el vía celular a la camilla de terapia intensiva en donde se recuperaba, el mensaje fue simple: Liga Campeón. Aun con su vida en peligro no estaba dispuesto a perderse esto, menos aun iba a esperar al siguiente día para saber que paso, jamas, hubiera traicionado su razón de ser, esa que le hizo asistir al nacimiento de una de sus hijas “luego del fútbol”.

En este fin de semana en donde le rendimos homenaje a ese ser maravilloso que es el padre, este es un simple intento, un pedacito de las interminables aventuras de un ser que admiro, respeto y adoro: Mi padre. Gracias por todo lo vivido, gracias por todo lo que diste y das por mi. Gracias por hacerme hincha de la Liga.

Feliz día colegas.

Deja tu comentario: