¿Otros tiempos? No, respeto y sentido común.

¿Otros tiempos? No, respeto y sentido común.

Soy de la época en donde todo era diferente. La ciudad, los barrios, la gente, el fútbol, la vida misma se desarrollaba a una velocidad en donde nadie quedaba fuera, todos nos sentíamos parte de todo. Ir al estadio, con la familia, era parte de ese ritual dominical imposible de evitar.  Desde las inefables tripletas  hasta los clásicos nocturnos a mitad de semana, el Atahualpa era el centro a donde convergíamos todos los aficionados al Rey de los deportes;  si queríamos ver a nuestros equipos ésta era la única opción, no existía la televisión por cable o, peor aún, el PPV.

No diría precisamente que se vivía el fútbol en total paz, porque siempre aparecía uno que otro desubicado, o borracho que es lo mismo, pero de ahí a darse los actos de salvajismo y criminalidad que hoy por hoy se sufre en Ecuador, existía mucho distancia. Fui uno de los más entusiastas cuando Liga Deportiva Universitaria decidió construir su propio estadio. Ya nunca más nos veríamos obligados a compartir el asiento con gente “desagradable” de otros equipos (eso no incluía nuestros familiares, bueno a veces), ya nunca más tendríamos que madrugar a las 7 de la mañana para terminar viendo a nuestro equipo recién sobre las 12 del mediodía. Ya no se volvería a vivir el caos que imperaba en el viejo Atahualpa cuando de partidos importantes se trataba.  Aunque nunca faltaba al estadio, mi preferencia siempre estuvo cuando la U jugaba con rivales “chicos”, sin importancia. Y es que el caos que imperaba con estadio lleno, acarreaba apretujones, insultos, imposibilidad de ir al baño (cuidadosamente atendido, creadora de frases inmortales como el “darás orinando”), robos, etc.

Pero estuvimos acostumbrados a esos atropellos, así como nos acostumbramos al nulo respeto al peatón, a los niños, a los ancianos. La incomodidad, el maltrato, el peligro, nos parecía tan normal como conducir ebrio, como prender un cigarrillo al lado de un recién nacido, como la sobreventa de entradas para un acto público, entre tantas más, que de verse todos los días terminan siendo lo “normal”, lo “lógico”, lo aceptado por la sociedad.

Debo confesarlo, fui parte de esta realidad toda mi vida, hasta los 30 años para ser más específico. Asistir al estadio desde un mes de nacido no me permitió analizar jamás, en perspectiva, el peligro al que semana a semana se exponían los míos y yo mismo, asistiendo a esas programaciones futbolísticas. Cuántas desgracias sucedieron alrededor del mundo, pero gracias a Dios jamás en nuestra tierra (hasta ahora), y sin embargo nunca nadie, casa adentro, abrió los ojos o hizo algo para cambiar esa realidad.

El tiempo y la tecnología abrieron un nuevo mundo. Ya no hacía falta viajar para conocer otras culturas. Cada día se hizo más complicado engañar a la gente. El fútbol invadió los hogares de manera tan agresiva que ahora el aficionado podía palpar con sus propios ojos lo que le contaban aquellos que habían tenido la dicha de viajar; existían estadios sin mallas, la gente tenía su propio asiento, las gradas no estaban ocupadas, el fútbol se vivía en orden y en paz. Pero increíblemente, aquello que se daba a pocos kilómetros de nuestras fronteras seguía siendo una utopía en nuestro país.  En la tierra tricolor todavía imperaba el caos, la anarquía, la dictadura.  Se prefería (y prefiere) bolsillos llenos a seguridad. Se prefieren dólares a la comodidad. Se prioriza cantidad a calidad.  Las entradas se destinaban a quienes podían pagar por ellas, no a los verdaderos aficionados. Ya avanzados en el siglo XXI y las prácticas de los 60s seguían siendo lo común.

He tenido la oportunidad de asistir en tierras “gringas” a diferentes programaciones deportivas, desde nuestro querido fútbol (viendo a la selección, Red Bulls o el Real Madrid), pasando por el Baseball y terminando en el Fútbol americano, y puedo dar razón que en todos los estadios, grandes o pequeños, el tener tu boleto (con puesto asignado) te garantiza llegar a la hora que se te ocurra y tu asiento está reservado para ti, sin ningún inconveniente. Si aparece alguno, de aquellos abusivos que nunca falta, tan solo la presencia de un elemento de seguridad pone todo en orden otra vez. Si la hinchada se muestra agresiva con el rival el policía que está enfrente solo levanta su mirada y todos tranquilos. Si alguno se pasa de cervezas (que las venden hasta unos30 minutos antes de que termine la programación), la policía aparece junto a la seguridad y listo, no hay dramas, no hay lágrimas, se respeta al rival y se respeta a la autoridad.

Al igual que en cualquier recinto deportivo del mundo, hay una sección para los que más tienen y otra, la general.  Cada cual paga de acuerdo a su capacidad económica pero no por eso reciben diferente trato y consideración. Los asientos caros son individuales, los baratos numerados. El ancho de los asientos va, en el estadio de los Yankees, por ejemplo, desde los 48cm en general (bleachers) hasta los 61 cm en las suites.  Cincuenta u ochenta mil personas ingresan sin problema alguno a falta de treinta minutos para el inicio del juego y salen al final del mismo sin que eso signifique jugarse la vida.

Por lo señalado anteriormente, resulta incomprensible, aunque entendible del personaje de donde viene,  que alguien se oponga, o se muestre renuente a aceptar el primer paso dado por el Municipio de Quito, en el sentido de organizar el caos, de proteger al aficionado. Es, al menos, un intento que debe ser reconocido y apoyado por todos los estamentos que hacen la sociedad ecuatoriana. Ojalá pronto podamos ver también estadios sin mallas, con baterías sanitarias de primera, entre otros “lujos” del mundo moderno. Es verdad, por ahora será imposible evitar que sigan asistiendo a estos partidos “importantes” aquellos que nunca van al estadio, pero a mediano plazo, y al menos en los equipos, aquel que consiga su abono para todo el año sabrá que nadie ocupará “su” puesto, nunca más.

Llevará su tiempo, pero al final, terminará imponiéndose el sentido común y en nuestro país empezaremos a vivir el deporte como lo hacen otros, aquellos que evolucionaron, quizás inclusive empecemos a respetar a los otros, será como que por fin crecimos, finalmente maduramos, como que por fin despertamos.