No, el segundo no es el mejor.

No, el segundo no es el mejor.

Nos engañaron desde siempre. Nos volvieron conformistas. Nos hicieron creer que no éramos capaces, que nuestro horizonte terminaba lejos del ganador. Pero llegó Liga Deportiva Universitaria y todo cambió. Llegar ya no era suficiente, también era posible ganar. Y Liga ganó. Ganó porque creyó, porque soñó, y porque supo trabajar para lograrlo.

Pero la historia no se revirtió de la noche a la mañana, por arte de magia o por la tan mencionada (por los perdedores) “suerte”. El camino fue de muchas espinas y harto sacrificio. Llegar a ser el número uno del continente a los albos les ha costado sangre, sudor y lágrimas, literalmente. Uno a uno los guerreros de la U han ido cayendo en las interminables batallas que el ejército del Patón ha librado en las canchas del mundo. Pero las guerras siempre quedaron del lado de LDU.

La grandeza de Liga es motivo de orgullo, ya no solo de su hinchada, o del país, también le pertenece al continente. América tiene en la Central un digno y altivo representante de su rica historia futbolística, de esa que sale a gustar, que sale a respetar al rival, que sale a ganar.

La prensa del continente se rinde a los pies del mejor, el Rey de Copas, mientras todavía casa adentro se siguen oyendo lamentos de quienes no entienden cómo un equipo ecuatoriano pudo romper mitos y leyendas, de un equipo que no aceptó perder, de un equipo que SÍ pudo gritar CAMPEÓN.

Hace algunos años me dijo un conocido: “Cuando lleguen a dos finales internacionales, hablamos”. Camino a la séptima final y la quinta estrella dorada, aún no estoy seguro si será posible volverle a hablar.

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