El secuestro del fútbol.

El secuestro del fútbol.

“El fútbol es el reflejo de la sociedad”
Frase repetida por decenas de intelectuales que se atrevieron a escribir sobre el deporte rey. Y es que desde el mexicano Juan Villoro, el español Ángel Garreta, el argentino Pablo Docimo o el uruguayo Eduardo Galeano, todos coinciden en la necesidad de abarcar el fenómeno futbolero desde una óptica global.

Resulta imposible obtener una lectura real de lo que pasa en los estadios si nos abstraemos del entorno social. Así, sociedades violentas resultan en hinchadas violentas. Equipos quebrados no son más que el resultado de una corrupción general y, lastimosamente, aceptada como normal. No por casualidad la mayoría de los equipos están o van camino a la bancarrota. Y así sucesivamente.
La historia se repite, inexorablemente, cada día que pasa en más países.

El fútbol, con el poder que le da el ser practicado en los 5 continentes, en todas las clases sociales, sin diferencia de género, se convirtió sin duda en uno de los fenómenos sociales contemporáneos más significativos. No es descabellado decir que el mundo se mueve por un balón. Los calendarios se hacen y deshacen a conveniencia del fútbol, ya sea en un mundial o en el torneo organizado en la esquina del barrio. Es precisamente ese poder, elevado a sus más altos exponentes, cuando de equipos se trata, el que ha provocado que más de uno quiera sacar provecho personal y hacerse fuerte (o famoso) so pretexto de una camiseta. No son pocos los casos de políticos que hicieron de un rectángulo verde la plataforma perfecta para llegar a esos puestos de poder.

En democracia se aceptaría victorias y derrotas por igual, sin mayor dramatismo, pero en la mente de ciertos fanáticos eso no aplica.
Uno de los aspectos más importantes del futbol y cualquier deporte, es que sucede no sólo en la cancha, sino en la mente de los aficionados. Ante sus ojos, la hinchas hacen más esfuerzo que los propios jugadores, al menos más sacrificios. Este tipo de pensamiento le va dando al que paga una entrada, o que la recibe gratis (para el caso es lo mismo), el sentido de pertenencia, de poder. Se dan casos de “barras bravas” que se sienten autorizados para poner o sacar jugadores, entrenadores o directivos. Cuando no se hace lo que ellos exigen, optan por boicotear al equipo que tanto dicen amar, consiguiendo suspensiones de los estadios o fuertes multas económicas, sin dejar de lado el perjuicio de aquellos aficionados que prefieren quedarse en casa para evitar la violencia que se vive en los escenarios deportivos.

De los actos de violencia más inhumanos que puedan existir, el secuestro es seguramente uno de los peores. Privar de la libertad a una o más personas con el objeto de obtener réditos, de cualquier tipo, no tiene nombre. Vemos con preocupación que esta infeliz práctica se ha vuelto cotidiana en nuestra sociedad. Ya la gente común ni siquiera se atreve a denunciarla porque supone que nada puede hacer, que hay que “acostumbrarse”. Nada más alejado de la realidad. Nos corresponde a nosotros luchar con todas nuestras fuerzas para evitar que nos quiten lo poco que nos distrae, que nos hace felices. Para unos el fútbol es algo sin mayor importancia o quizás lo más importante de lo menos importante; para otros, la vida. Lo cierto es que de una u otra manera lo sentimos nuestro, y no podemos permitir que nos lo quiten, no importa el color de camiseta que opten por vestir. Pongamos un punto final al abuso. No al secuestro del fútbol.