… Ah, esa celebración!…

… Ah, esa celebración!…

Cuando José Francisco Cevallos atajo el último penal, todo fue silencio, tuvieron que transcurrir mas o menos tres segundos para iniciar la celebración, todos lo hicimos a nuestra manera, unos con desbordante alegría, otros con inusitada mesura, y los demás con una gran dosis de incredulidad; todo fue como cumplir el anhelo imposible de ser el protagonista del mundo de los sueños.

Sin embargo, ni el más recalcitrante de los hinchas de Liga, pudo imaginar lo que significaría –con el paso del tiempo- la responsabilidad que conllevaría para Liga, el ser el Campeón de la Copa Libertadores de América y para sus hinchas, ser los dueños de un pedazo de esa gloria conseguida segundo a segundo.

Por ejemplo, Liga y sus hinchas nos convertimos desde el tres de julio de dos mil ocho, en los referentes futbolísticos ecuatorianos ante los organismos deportivos especializados, alrededor del mundo.

Desde ese día hasta el fin de los tiempos, nunca seremos vistos de la misma manera por los otros equipos y sus hinchas, sin importar si esos equipos e hinchas, hayan sido alguna vez o no, los titulares del torneo continental.

No solo fuimos los convidados de honor, a jugar la Final de la Copa Mundial interclubes, sino también, los portadores del nombre de Ecuador, que se grabaría en las pantallas de miles de millones de televisores y en la memoria de los privilegiados asistentes al estadio de Tokio.

Nunca antes ningún acontecimiento, tuvo el poder de hacer que olvidáramos de un plumazo, tantos años de amarguras y frustraciones sufridas en las gradas de todos los estadios.

Jamás fuimos los invitados a tantos homenajes que iban desde la admiración presidencial, siguiendo por la venia de la FIFA y terminando en la nostálgica palmada en el hombro de nuestros vecinos, familiares y amigos.

Nunca antes nos cansamos de leer a full color y a ocho columnas, nuestro ensalzado nombre en cada periódico, en cada revista y en cada portal de internet a lo largo y ancho del orbe.

Nunca antes les prestamos tanta atención a la cara del sórdido dirigente quien, desde la tarima de los campeones, colgaba las medallas a los héroes con una sonrisa sardónica y oblicua, demostrando que se puede ser capaz de disimular perfectamente la frustración y la envidia, siendo parte a la vez del carro de la victoria, con todos los gastos pagados.

Y lo más importante, nunca soñamos en que podíamos atrevernos a soñar en nuevos logros, en otras copas, en más homenajes, en más victorias, en miles de titulares y en renovadas sonrisas sardónicas y oblicuas.

* Por: Gustavo Vallejo